23.10.09

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TINTA POLÍTICA SE HA MUDADO.


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17.3.09

Nacionalismo electoral


Los judíos en Alemania Nazi; occidente en la Unión Soviética; los terroristas en Estados Unidos; el narcotráfico en México. La mejor manera de aumentar el nivel de aprobación de un gobierno, siempre ha sido reunir a la ciudadanía en torno a un objetivo común y evidentemente, contra un enemigo externo.

Precisamente antes de la elección intermedia en el 2002, Bush aprovechó el tema del World Trade Center para buscar el apoyo de los norteamericanos que votarían para renovar la Asamblea de Representantes; dos años más tarde, Hussein fue la excusa perfecta para obtener su reelección.

Bien sabido es, también, que Calderón tiene como bandera principal la “lucha contra el narcotráfico”, que supo utilizar bien cuando un gran porcentaje de la población cuestionaba su legitimidad al principio del sexenio.

Sin embargo, la estrategia parece haber cambiado durante las últimas semanas. Con los resultados tan pobres que ha tenido la guerra contra el narcotráfico y el aumento generalizado de la violencia a nivel nacional, de poco hubiera servido a Calderón seguir con esa idea rumbo a las elecciones de Junio.

Por lo mismo, y para evitar que la oposición utilice sus propias armas en su contra, el equipo de asesores de Calderón parece haber encontrado otro “enemigo común” que esta vez se llama Estados Unidos.

Quizás no con la magnitud Chavista, pero Calderón ha declarado numerosas veces durante las últimas semanas en contra de Estados Unidos y su débil participación en la guerra contra el narcotráfico. De esa manera, ha logrado aprovechar un momento débil del país vecino para culparlo de los errores que el Gobierno Federal ha cometido en los últimos dos años y medio.

Ahora, el Reforma publicó como un gran triunfo la “revancha” que México tomará en contra del Gobierno estadounidense por no acatar el TLCAN y celebró el alza de aranceles en 90 productos por parte de la Secretaría de Economía.

Con el nivel más alto de aprobación desde que tomó protesta como Presidente de la República, Calderón parece apostar todo por la renovación de la Cámara de Diputados para sacar adelante su proyecto económico y energético en los últimos tres años de su Gobierno.

Foto: blogcdn.com

10.3.09

El caso sin caso


El jueves pasado, unos días antes de que Nicolás Sarkozy llegara a México, el diario Le Monde publicó en su página 4 una entrevista que tuvo en Los Pinos con el Presidente Calderón sobre el narcotráfico y la “valiente guerra que encabeza su gobierno” en contra del crimen organizado.

En el Hexágono, las críticas no se hicieron esperar. La campaña que durante los últimos meses ha promovido Calderón, con la bandera “los consumidores estadounidenses tienen la culpa de lo que sucede en México”, tuvo gran éxito mediático, y quizás también electoral, en nuestro país. Pero viéndolo a distancia, los franceses tienen una perspectiva distinta. Para ellos, culpar a los norteamericanos por la violencia que ocurre en México es una simple estrategia del Ejecutivo.

Por su parte, la opinión pública mexicana también fue dura con Sarkozy. Desde que aterrizó su avión, fue etiquetado como el abogado que llegaba a nuestro país para defender a Cassez de las manos de la “injusticia” mexicana. El Presidente galo era para los mexicanos el truhán de la impunidad.

Y al mismo tiempo, cada uno de los mandatarios tenía una responsabilidad con su pueblo. En México, sabemos, el caso de Florence se convirtió en un estandarte mediático. Dejarla ir se convirtió tanto como en la tumba del PAN en las elecciones; la aprobación de Calderón se centró una vez más en una decisión meramente política y no técnica.

Irónicamente, además, la única solución que tenía el Presidente de México era caer en una falacia: “no cumpliremos con la ley (con el tratado de Estrasburgo) porque estamos librando una batalla en contra de la impunidad”. La ilegalidad combatiendo a la ilegalidad…y cada una con su “razón” que lo justifica.

Sarkozy, de su lado, también sufrió las consecuencias en los medios. Desde el leal Figaro (diario de derecha) hasta Le Monde y Liberation, aprovecharon el momento para juzgar al mandatario.

Si abogaba por Cassez, se le criticaba por desaprovechar una visita de tanta relevancia a México para tratar un asunto privado y sin importancia; cuando se anunció la “comisión bilateral” para analizar el caso, en México se vio como la “puerta trasera” de Calderón para permitir el traslado sin resultar culpable; en Francia fue “un gasto más de Sarkozy, que se da el lujo de arreglar asuntos privados con los impuestos de los franceses”.

Pero también hubo críticas para el Presidente francés por no haber abogado lo suficiente; por no haber visto a favor de los franceses; tales críticas vinieron de las visiones extremas que a diferencia del mandatario, sí ven a México como un “Estado fallido”.

Triste entonces, que la visita de quien hace unos meses ocupaba la presidencia de la Unión Europea, y que hoy se levanta como uno de los líderes más importantes del continente, no haya rendido los magníficos frutos que pudo haber dado para ambos países en torno a inversiones, tratados de justicia y narcotráfico o apoyos durante la crisis. Por lo contrario, fue solamente una manera de subir el rating de los noticieros mexicanos, vender más diarios franceses y promover los discos de Carla Bruni.

Imagen: eleconomista.com

9.3.09

Habermas, Televisa y el voto


Durante la década de los 60s, surgió en Alemania una nueva escuela que vinculaba por primera vez a la comunicación (y particularmente a los medios) con la política. Su principal exponente fue Habermas, alumno de Adorno y autor que hasta la fecha tiene gran relevancia en el debate sobre la opinión pública, y que dio base para los escritos sociológicos

Uno de sus conceptos más importantes, es precisamente el de “la esfera pública”, ese espacio que debe de ser garantizado por el Estado para que la ciudadanía pueda, de manera objetiva y sin interrupción, discutir la “cosa pública”, llegar a acuerdos y decidir democráticamente.

Más tarde, Habermas afirmó que la existencia de la esfera pública se encontraba latentemente amenazada hoy en día por la manera en que los medios de comunicación habían sido cooptados por el sistema económico.

La manera en que se transmiten los mensajes, la forma en que se decide cómo se va a establecer la agenda y la incapacidad de garantizar la libre expresión y acceso a medios eran principalmente los problemas que la sociedad afrontaba a finales del siglo XX y que desde entonces seguimos cargando.

Todo esto viene a ser relevante en el debate político contemporáneo cuando, en pleno año electoral, se estrena la nueva ley electoral mexicana que fue reformada después de los controversiales sucesos del 2006.

Particularmente, la cuestión se centra en dos grandes opciones: abogar por la libertad de expresión, a pesar de que esto signifique una posible parcialidad en la recepción de información que los votantes recibirán respecto a ciertos candidatos (“López Obrador es un peligro para México) y toda esta idea de que solamente la élite que tiene acceso a los medios de comunicación tiene una verdadera capacidad de transmitir sus ideas; o bien, la censura preventiva, que si bien centra el debate público en una esfera muy limitada e incluso castiga a quien desea participar, es la única forma que tenemos de asegurar hasta cierto punto la imparcialidad.

Lo cierto es que hoy en día, algo como la esfera pública de Habermas está muy lejos de existir. La incapacidad de las instituciones como el IFE de garantizar el cumplimiento de la ley (por parte de los partidos pero también por parte de los magnates que controlan las dos grandes cadenas de televisión en México) y la existencia de medios incontrolables (hasta el momento) como el Internet, hacen que la contienda se convierta en una mediatización del supuesto debate público.

Imagen: diacoblog.com

27.2.09

Democracia bolivariana

Suele haber una creencia, desde su concepción original en Atenas, de que la democracia es por definición el gobierno que se rige por la voluntad de las mayorías.

Quienes radicalmente lo afirman, olvidan la definición de Robert Dahl, de Lipset o de Przeworski, que van mucho más allá del día de las elecciones y atan a la democracia a otros “siempre y cuando” como la libertad de expresión y ciertos derechos humanos.

En una percepción tal de la democracia, que se acerca más bien al populismo, lo que “el pueblo” (este ente inexistente pero siempre presente) desea es lo que el gobierno hace, y por lo mismo, toda acción puede ser legitimada por la voluntad de las supuestas mayorías.

Y más allá de eso, la democracia puede en ese caso destruirse a sí misma. Una pregunta que numerosos politólogos se han hecho es justamente ésa: ¿debe de ser el individuo tan libre en la democracia como para no querer ser democrático?

Un ejemplo de ello ocurrió hace unas semanas en Venezuela, cuando el referéndum para permitir la reelección indefinida de Hugo Chávez obtuvo la victoria en las urnas.
Como latinoamericanos (y mexicanos) que somos, tal hecho fue adjetivado por la derecha como “fraude”. Todo ocurrió, según nuestra idiosincrasia, porque el gobierno manipuló y embarazó urnas, hico carruseles de boletas y todos esos trucos que el PRI alguna vez nos enseñó (y que hoy el PAN y el PRD también utilizan).

Pero supongamos que no es cierto; que en verdad las elecciones fueron legítimas y que la gente en Venezuela quiere que Hugo Chávez sea su Presidente ad infinitum. Aún en ese caso, ¿debemos de aceptar el resultado y llamarlo democrático?

Nuevamente insisto sobre los otros factores que deben de existir para que tal adjetivación pueda hacerse. En Venezuela, el transporte público utilizó su presupuesto para promover el Sí. ¿Cuántos sindicatos no promovieron a Chávez? La oposición fue castigada por promover el voto del No, y los medios de comunicación están, desde hace ya varios años, estrictamente censurados en el país sudamericano.

Pero…la mayor parte de la población ama a Chávez (o al menos a Chávez y sus petrodólares).
¿es democracia?

Yo…no estoy tan seguro de que la respuesta sea evidente.

Foto: nuncscio.com