
Durante la década de los 60s, surgió en Alemania una nueva escuela que vinculaba por primera vez a la comunicación (y particularmente a los medios) con la política. Su principal exponente fue Habermas, alumno de Adorno y autor que hasta la fecha tiene gran relevancia en el debate sobre la opinión pública, y que dio base para los escritos sociológicos
Uno de sus conceptos más importantes, es precisamente el de “la esfera pública”, ese espacio que debe de ser garantizado por el Estado para que la ciudadanía pueda, de manera objetiva y sin interrupción, discutir la “cosa pública”, llegar a acuerdos y decidir democráticamente.
Más tarde, Habermas afirmó que la existencia de la esfera pública se encontraba latentemente amenazada hoy en día por la manera en que los medios de comunicación habían sido cooptados por el sistema económico.
La manera en que se transmiten los mensajes, la forma en que se decide cómo se va a establecer la agenda y la incapacidad de garantizar la libre expresión y acceso a medios eran principalmente los problemas que la sociedad afrontaba a finales del siglo XX y que desde entonces seguimos cargando.
Todo esto viene a ser relevante en el debate político contemporáneo cuando, en pleno año electoral, se estrena la nueva ley electoral mexicana que fue reformada después de los controversiales sucesos del 2006.
Particularmente, la cuestión se centra en dos grandes opciones: abogar por la libertad de expresión, a pesar de que esto signifique una posible parcialidad en la recepción de información que los votantes recibirán respecto a ciertos candidatos (“López Obrador es un peligro para México) y toda esta idea de que solamente la élite que tiene acceso a los medios de comunicación tiene una verdadera capacidad de transmitir sus ideas; o bien, la censura preventiva, que si bien centra el debate público en una esfera muy limitada e incluso castiga a quien desea participar, es la única forma que tenemos de asegurar hasta cierto punto la imparcialidad.
Lo cierto es que hoy en día, algo como la esfera pública de Habermas está muy lejos de existir. La incapacidad de las instituciones como el IFE de garantizar el cumplimiento de la ley (por parte de los partidos pero también por parte de los magnates que controlan las dos grandes cadenas de televisión en México) y la existencia de medios incontrolables (hasta el momento) como el Internet, hacen que la contienda se convierta en una mediatización del supuesto debate público.
Imagen: diacoblog.com
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