La crisis de Mouriño pone en riesgo la imposición de agenda desde Presidencia.El 1º de diciembre del año 2000, Vicente Fox tomó protesta como uno de los presidentes con mayor aceptación social en la historia del país. Al rendir protesta, iniciaba una nueva era: la del cambio.
Poco tiempo después, se presentó una situación de coyuntura, en la que debía tomar una decisión que marcaría el resto de su sexenio. Ante la iniciativa de construir un nuevo aeropuerto para la Ciudad de México en Texcoco, pobladores de la zona de Atenco se manifestaron en contra de la expropiación de tierras, e incluso de la venta de las mismas, y derrumbaron uno de los proyectos más importantes en infraestructura para el Gobierno Federal.
La decisión de Fox, que tal vez pretendía dar una señal de distanciamiento respecto al autoritarismo priísta (después de todo, algo que no se le reconoce con suficiente empeño a Fox es su esfuerzo por profundizar la democratización a partir, por ejemplo, del servicio civil de carrera, la transparencia y el acceso a la información), fue tomado por la población mexicana (una población acostumbrada a gobiernos presidencialistas de imposición y sometimiento) como una muestra de debilidad del Presidente.
Tal error costaría caro a la administración 2000-2006, pues repercutió de manera importante en la imagen que se tuvo de un Vicente Fox que se arrepentía de sus decisiones constantemente: reformas fiscales que no pasaban, desafueros y juicios políticos que no se concretaban, un doble mensaje en Oaxaca o con los mineros de negociación y represión. El gobierno del Cambio terminó su gestión de forma mediocre por no saber elegir rumbos fijos.
El momento en el que Fox finalizó su mandato, fue también uno de los momentos de mayor crispación política de la historia reciente en el país. Seis años después de haber iniciado la “transición”, las elecciones parecían tener una enorme falta de legitimidad, y el presidente electo, llegaba a Los Pinos con un índice de popularidad totalmente opuesto al de su antecesor.
Entre plantones en Reforma y demandas de un “voto por voto”, muchos se preguntaron si Calderón rendiría protesta el 1º de diciembre en San Lázaro. Distinguidos analistas se pronunciaron a favor de que no lo hiciera, pues pondría en riesgo la estabilidad nacional. Sin embargo, Felipe Calderón había aprendido la lección del error que Vicente Fox había cometido, y sabía que su principal distanciamiento del gobierno saliente, tenía que ser la mano firme (tal como lo había pregonado en la campaña interna).
Así, de forma decidida y sin titubeos, acudió al Congreso de la Unión y se puso la banda presidencial; así también inició la lucha en contra del narcotráfico y no cambió de parecer cuando esto produjo mayor violencia en el país y se le acusó de utilizar al ejército irresponsablemente. A poco más de un año de iniciado su gobierno, se podría decir que Felipe Calderón ha dado un mensaje claro: la no contradicción en el decidir.
Hoy, a Felipe Calderón se le presenta una nueva encrucijada: mantener o no a Juan Camilo Mouriño como Secretario de Gobernación (además, recientemente designado) a raíz de las acusaciones hechas por el excandidato del PRD a la Presidencia. Por un lado, esto ha puesto en riesgo (y seguramente ha sepultado ya) a la Reforma Energética que pretendía el titular del Ejecutivo.
Por el otro, también ha minado la relación entre el Ejecutivo y ciertos sectores del Legislativo, comprometiendo también futuras negociaciones con las Cámaras.
Las discusiones se han centrado en si Mouriño es o no culpable, cuando la probabilidad de que el Secretario de Gobernación sea juzgado por los hechos es nula, teniendo a Medina Mora al frente de la PGR y bajo las órdenes del Presidente. Recientemente, Ruth Zavaleta anunció que a finales de mes, se discutiría la posibilidad de legislar a favor de que el gabinete deba ser ratificado por el Congreso, pero no siendo la ley retroactiva, esta cuestión queda fuera del tema. Así, el debate debe más bien ir en torno a si Mouriño debería renunciar o no.
Como he dicho, se ha viciado tanto la discusión sobre la reforma energética, que aún cuando ocurriera la renuncia, la posibilidad de cambios sustanciales en materia petrolera y eléctrica ya es nula con o sin destitución.
Dejar ir a Juan Camilo, sería también una muestra de debilidad por parte de Felipe Calderón, así como la presunción de la culpabilidad de Mouriño; se trataría de una victoria para la oposición, trasladando la imposición de la agenda (hasta ahora en manos de Calderón) a la Cámara, y particularmente al PRD. Sería, por decirlo de una manera, el Atenco de Felipe Calderón, y por lo tanto, un error que no se puede permitir.
De cualquier manera, parece ser que se podría deducir lo que sucederá, entendiendo las diferentes actitudes que los dos presidentes panistas tomaron en circunstancias de crisis similares. Es evidente que de mantener una congruencia como lo ha hecho hasta ahora, Calderón mantendrá a Juan Camilo Mouriño a cargo de Bucareli.
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