
El Presidente logra controlar la discusión y vence con propuestas a Rajoy
El pasado 4 de marzo, ocurrió la segunda parte del debate entre los dos candidatos punteros que este domingo serán puestos a prueba en las urnas españolas. Tal evento, no ocurrido desde hace quince años en el país, enfrentó “cara a cara” a los representantes del Partido Popular, Mariano Rajoy y del Partido Socialista (PSOE) y actual presidente, José Luis Rodríguez Zapatero.
La primera mitad, ocurrida una semana antes, fue calificada por los españoles como un debate lleno de descalificaciones y sin propuestas que afectaran directamente a la ciudadanía. Aún así, el líder de la izquierda surgió victorioso con apenas tres o cuatro puntos porcentuales (dependiendo de la casa encuestadora).
En esta ocasión, en la que el formato del debate permitía que Rajoy cerrara la sesión con un mensaje final de tres minutos, que no podría ser respondido ya por Zapatero, numerosos analistas afirmaron que era la oportunidad del jefe de la oposición para reponerse del descalabro pasado. Sin embargo, lo ocurrido fue más bien contrario.
Desde el principio, el mensaje conciliador de Zapatero se dedicó a enumerar promesas y propuestas. Aún cuando varias de ellas ya habían sido planteadas durante su campaña de cuatro años atrás, el Presidente supo que la audiencia española estaría esperando tal actuación de los candidatos y pudo así, controlar el framing del encuentro.
Esto obligó a Mariano Rajoy a tomar una posición más bien reaccionaria frente al gobierno, criticando a su oponente de todo lo que era posible, pero dejando en la vaguedad sus propuestas de gobierno (voy a invertir en educación, voy a invertir en infraestructura).
Mientras que la izquierda se hizo notar desde el primer bloque, cuando Zapatero propuso crear dos millones de empleos durante los próximos cuatro años, establecer un observatorio de precios y subir en un 30% el salario mínimo (hasta llegar a 800 euros), Rajoy solamente pudo criticar los niveles de inflación y polarización, así como prometer una reducción (sin decir en qué porcentaje) del impuesto sobre la renta a los más necesitados, y del impuesto de sociedades.
En cuanto a políticas sociales, nuevamente fue Zapatero quien inició el debate, ofreciendo reducir la cantidad de contratos temporales que se ofrecen en un 25%. Igualmente, promovió la creación de una nueva Ley de la Dependencia y ampliar el derecho de paternidad y maternidad. En ese sentido, Rajoy solamente entabló acusaciones respecto al desorden migratorio durante la gestión del PSOE y prometió regularla. La respuesta del Presidente fue rápida, afirmando que mientras el partido socialista solamente había hecho una regularización, el PP realizó cinco durante su última administración. Sin embargo, el líder opositor lo acusó de haber creado un “efecto avalancha” en Europa por haber anunciado tal medida con demasiado tiempo de anticipación.
La política exterior fue el tercer bloque de discusión, pero como ya se esperaba, el debate se centró en la lucha antiterrorista. Fue ahí donde Rajoy aprovechó para acusar a Rodríguez Zapatero por haber entablado negociaciones con ETA (algo que ya se esperaba desde la semana anterior). Él, a su vez, respondió ágilmente sentenciando: “asumo el compromiso de apoyar la lucha contra el terrorismo sin condiciones”.
La crispación surgida en esa sección fue interrumpida por una pausa, a la que le siguió el tema de la infraestructura y política institucional. Los candidatos se refirieron ahí a la Ley de Castellano y a la construcción de autovías y promoción de red de comunicaciones. Zapatero afirmó que el PSOE ha sido el eje central de la democracia en España, ya que articula las negociaciones en todo el país.
Finalmente, en cuanto a retos del futuro, el Presidente ofreció becas salario y la oportunidad para 200,000 nuevos estudiantes de realizar un intercambio en el extranjero para aprender inglés. Esto es desde luego relevante debido a que más de un millón de jóvenes emitirán su voto por primera vez en esta ocasión.
Rajoy se limitó a ofrecer un aumento en la inversión de educación y a llevar agua a todos.
Apenas unas horas después, las encuestas ofrecieron una amplia victoria al líder del PSOE, que de continuar así, reanudará su mandato el próximo domingo. A diferencia de Rajoy, Rodríguez Zapatero entendió la demanda ciudadana de escuchar propuestas (lo que los comentaristas llamaron lograr “ilusionar a la población”). Tal fue la clave que otorgó el poder al candidato para manejar un discurso que se dirigía en el rumbo que él quería, y que solamente provocó un enfado notorio en el candidato de la derecha (algo muy similar a lo ocurrido en el debate del semestre pasado entre Ségolène Royal y Nicolás Sarkozy. Muchos debieron el despunte del hoy Presidente francés a la calma que mantuvo durante el encuentro.
LA EXPERIENCIA DEL DEBATE
En España, la aventura de un debate entre los dos candidatos punteros fue una experiencia nueva que provocó gran interés (y grandes niveles de audiencia) en la población. Las televisoras compararon el suceso con las prácticas ocurridas en Estados Unidos y Francia durante los últimos años.
En comparación con México, se pueden hacer comentarios en dos sentidos: el fondo y la forma del debate.
Nuestro país ha seguido la tradición de este intercambio de ideas desde hace catorce años (con el famoso encuentro en el que Diego Fernández de Cevallos humilló a quien sería luego Presidente de México, en las campañas rumbo a julio de 1994). Cuauhtémoc Cárdenas, Vicente Fox, Francisco Labastida, Roberto Madrazo, Felipe Calderón, Andrés Manuel López…incluso en internas de los partidos, como el caso del PRI (en el 2000, con el cuarteto Roque-Bartlett-Madrazo-Labastida) o en elecciones locales como el Distrito Federal (Beatriz Paredes, Marcelo Ebrard, Albeto Cinta, Demetrio Sodi).
En ese sentido, he de aceptar que hemos adquirido gran experiencia en cuanto a la manera de llevar a cabo debates y televisarlos. Aún cuando se ha criticado el formato rígido de los mismos, los medios de comunicación (principalmente la CIRT) han llegado a profesionalizar la manera en que se enfoca a los candidatos durante sus ponencias y el control de los tiempos (algo que no ocurrió en España, donde un desorden de interrupciones y cambios de cámaras bajo el nivel de la transmisión).
Sin embargo, en cuanto al fondo del debate, hemos de aceptar que España ha demostrado una cultura política mucho mayor a la mexicana. El debate del debate, los comentarios del día siguiente, las discusiones respecto a quién resultó ganador, se enfocaron en los datos que ofrecieron los candidatos y las propuestas que hicieron (y su viabilidad), más que en la forma en la que se comunicaron.
En México, los recuerdos de los debates giran en torno a los insultos que Fox le hizo a Labastida, las hojas que tiró Madrazo y los “trapos sucios” que sacaba un candidato del otro. Y todo ello no debe criticársele a la sociedad mexicana, así como a un constructor no se le puede culpar por realizar malas obras con un material corriente. Solamente se puede decir que con el nivel de debate que ofrecen los candidatos en México, y las propuestas recicladas y de calidad mínima, no se puede sino dudar respecto a la utilidad de los mismos.
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