2.3.08

Libertad y sociedad

Debate histórico se concreta en los casos actuales

A veces la Real Academia de la Lengua Española tiene cierto dejo de sarcasmo y comicidad. Tal es el caso de las definiciones que usa para la palabra libertad.
En su quinta acepción, señala: “facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres” Tendríamos que empezar entonces por definir lo que es, por una parte, una “nación bien gobernada”, mientras que sería necesario también establecer lo que significan “las buenas costumbres.”
Se podría decir, por ejemplo, que la sociedad norteamericana hoy en día cuenta con un alto grado de libertad de expresión; sin embargo, no estoy seguro de que los Estados Unidos califiquen actualmente como una “nación bien gobernada”. Simultáneamente, una de las fallas más importantes que se le imputaban al PRI durante su fase de partido hegemónico era justamente la falta de libertades generales en el sistema. Recordemos que hubo periodos de dicho gobierno en los que la economía creció por arriba del ocho por ciento.
De cualquier manera, la conclusión parcial a la que quiero llegar en este momento es que la palabra libertad es, aún por definición, demasiado ambigua. Durante la historia de la humanidad, ilustres pensadores como Thomas Hobbes, John Stewart Mill y Jean Jacques Rousseau apelaron a ella para defender posiciones absolutamente opuestas. El primero, por ejemplo, advertía la necesidad de restringirla (a través del gran Leviatán) para asegurar la vida en sociedad; Stewart Mill, por lo contrario, defendió vorazmente la idea de que nadie tenía la facultad de restringirte como persona.
Trasladado a nuestro país, este debate se ha presentado constantemente en el análisis de las reformas locales y federales que se han aprobado durante los últimos años o meses. La libertad para decidir sobre mi vida y la vida de alguien más, en el caso del aborto; la libertad para vincularme legalmente a alguien de mi mismo sexo, en el caso de las sociedades de convivencia; la libertad para utilizar mi automóvil los sábados. Y más recientemente, la libertad para fumar.
La ALDF y el Senado aprobaron leyes en un mismo sentido (aunque con ciertas diferencias, que ha de quedar claro, no son contradictorias) respecto al consumo del tabaco en espacios cerrados. En el caso de la Asamblea, la prohibición se extiende a todos los comercios mientras que la ley federal establece la posibilidad de admitir zonas de tolerancia.
No existe la duda de que el cigarro afecta a la salud; está probado científicamente que es causa de enfermedades tan graves como el cáncer y el enfisema pulmonar en el consumidor. En cuanto al fumador pasivo, existe aún la duda en ciertas minuciosidades, pero sí se puede afirmar que es nocivo para las vías respiratorias.
Sin embargo, cierta parte de la opinión pública (según encuestas, una minoría) se ha mostrado intransigente ante las nuevas disposiciones legales, apelando justamente, a su libertad. El mismo día del debate en la legislatura local, se argumentó con una analogía: ¿por qué entonces no se le prohíbe a quien padece de obesidad entrar a restaurantes de comida rápida?
En épocas en las que se han iniciado discusiones respecto a la legalización de la marihuana, argumentando que prohibirla aumenta su consumo y dificulta su control, la sociedad parecería de pronto retroceder algunos pasos en cuanto al tabaco mismo.
De que el Distrito Federal no es una “nación bien gobernada” no tengo duda alguna. Pero ¿cómo se puede entender que un mismo gobierno conceda ciertas libertades y al mismo restrinja otras?
La diferencia ha sido cegada por un debate que se ha entablado desde un enfoque incorrecto y sesgado. La tolerancia como el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias, es el máximo principio de una sociedad democrática; sin embargo, entendiendo que la obligación de un gobierno es ver por el bien común, debemos ser capaces de percibir la fina línea que divide a ésta de la libertad irresponsable. El aborto, las sociedades de convivencia y la eventual eutanasia son temas personales que no deben ser abiertos a discusión pública. El consumo del tabaco fuera de la propiedad privada, se convierte en un tema que nos concierne a todos; es una cuestión de salud, y en menor grado de ecología. En ese sentido, tenemos la responsabilidad, como sociedad, de llevar a cabo acciones que nos encaminen a un desarrollo sustentable. Tal es la mayor encrucijada de la democracia liberal.

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