Creo que a todos nos ha pasado; todos hemos escuchado a alguien decir: yo no pago impuestos… ¿para qué? ¡Si de todos modos se los roban! Pero quedé sorprendido cuando lo oí ayer de la voz de un amigo que hace unos meses obtuvo su primer empleo.

Siempre creí que esa mentalidad era común en la idiosincrasia que había ayudado a construir el PRI con setenta años de corrupción y de nepotismo; supuse cual politólogo ingenuo, que las nuevas generaciones alcanzaban a entender ciertas virtudes que trae consigo la democracia.
Y le decía: “¡Claro que sigue habiendo tráfico de influencias! ¡Claro que aún existe quien desvía fondos para propósitos personales! Marín, Ruiz, Mouriño, Fernández de Cevallos entre los famosos…más todos aquellos que no son nombrados. Pero también hay ahora más candados…más acceso a la información, más transparencia. Hoy existimos quienes trabajamos también por una cultura ciudadana distinta.
Lo que me preocupa aún más –le comenté- es que en un país de pobres, donde muchas veces se tiene que escoger entre construir la carretera mal hecha, hacer el programa social deficiente, o contratar a burócratas mal pagados, porque no hay recursos para hacer siquiera uno de los tres bien, muchos justifiquen moralmente la evasión fiscal por las viles acciones de pocos.
Se convierte en un círculo vicioso: la corrupción promueve la evasión; ésta a su vez obliga a la Hacienda Pública a depender de una base fiscal que por un lado siente que es injustamente explotada, y por el otro nunca ve (excepto por segundos pisos de tercer mundo, bibliotecas con goteras y seguros sociales de fantasía) que sus impuestos rindan frutos. Y el gobierno, a fin de cuentas, no tiene recursos suficientes para que esto sea distinto.
En México ya ha quedado claro que las reformas fiscales que aumenten la tasa del IVA, o que pretendan gravar a alimentos o medicinas están absolutamente prohibidas y existirán tan sólo en las melancolías de un ex presidente que hizo depender todo su proyecto de ello. Y por el otro lado, hacer pagar impuestos a los magnates y a las empresas transnacionales también es una fantasía en un país tan polarizado como éste.
Eso no deja más remedio que querer revivir el sueño petrolero que Kessel, Calderón y Reyes Heroles han difundido tanto en los últimos meses. Si los mexicanos no somos capaces de asumir el costo de mantener a nuestro país en pie, solamente podemos esperanzarnos en una reforma que quizás nos dé unos centavos más (suponiendo, por supuesto que los precios del petróleo no se derrumban como cuando Cantarell), para sobrevivir tranquilos unos años más.
¡Y no importa! No importa que sigamos dependiendo de un recurso no renovable con precio incierto; no importa que como los ingresos no nos cuestan a nosotros, no nos preocupemos por vigilar el uso que se le da a ellos; no importa que los millones y millones que nos promete la reforma se sigan usando para mantener programas asistencialistas y spots que lavan el cerebro de los supuestos “compromisos” de Peña Nieto, los aparentes “acuerdos generados” en el Congreso de la Unión, y la ineficiente “lucha sin cuartel” contra el narcotráfico.
¿Qué hay de malo entonces, en este escenario gris y poco prometedor, en no pagar impuestos? ¿Qué pecado es no seguir alimentando el círculo?
La lucha contra esa mentalidad es difícil, particularmente cuando conceptos tan profundos como “cambio”, “democracia” y “progreso” han sido aniquiladas por campañas políticas amorales...

Siempre creí que esa mentalidad era común en la idiosincrasia que había ayudado a construir el PRI con setenta años de corrupción y de nepotismo; supuse cual politólogo ingenuo, que las nuevas generaciones alcanzaban a entender ciertas virtudes que trae consigo la democracia.
Y le decía: “¡Claro que sigue habiendo tráfico de influencias! ¡Claro que aún existe quien desvía fondos para propósitos personales! Marín, Ruiz, Mouriño, Fernández de Cevallos entre los famosos…más todos aquellos que no son nombrados. Pero también hay ahora más candados…más acceso a la información, más transparencia. Hoy existimos quienes trabajamos también por una cultura ciudadana distinta.
Lo que me preocupa aún más –le comenté- es que en un país de pobres, donde muchas veces se tiene que escoger entre construir la carretera mal hecha, hacer el programa social deficiente, o contratar a burócratas mal pagados, porque no hay recursos para hacer siquiera uno de los tres bien, muchos justifiquen moralmente la evasión fiscal por las viles acciones de pocos.
Se convierte en un círculo vicioso: la corrupción promueve la evasión; ésta a su vez obliga a la Hacienda Pública a depender de una base fiscal que por un lado siente que es injustamente explotada, y por el otro nunca ve (excepto por segundos pisos de tercer mundo, bibliotecas con goteras y seguros sociales de fantasía) que sus impuestos rindan frutos. Y el gobierno, a fin de cuentas, no tiene recursos suficientes para que esto sea distinto.
En México ya ha quedado claro que las reformas fiscales que aumenten la tasa del IVA, o que pretendan gravar a alimentos o medicinas están absolutamente prohibidas y existirán tan sólo en las melancolías de un ex presidente que hizo depender todo su proyecto de ello. Y por el otro lado, hacer pagar impuestos a los magnates y a las empresas transnacionales también es una fantasía en un país tan polarizado como éste.
Eso no deja más remedio que querer revivir el sueño petrolero que Kessel, Calderón y Reyes Heroles han difundido tanto en los últimos meses. Si los mexicanos no somos capaces de asumir el costo de mantener a nuestro país en pie, solamente podemos esperanzarnos en una reforma que quizás nos dé unos centavos más (suponiendo, por supuesto que los precios del petróleo no se derrumban como cuando Cantarell), para sobrevivir tranquilos unos años más.
¡Y no importa! No importa que sigamos dependiendo de un recurso no renovable con precio incierto; no importa que como los ingresos no nos cuestan a nosotros, no nos preocupemos por vigilar el uso que se le da a ellos; no importa que los millones y millones que nos promete la reforma se sigan usando para mantener programas asistencialistas y spots que lavan el cerebro de los supuestos “compromisos” de Peña Nieto, los aparentes “acuerdos generados” en el Congreso de la Unión, y la ineficiente “lucha sin cuartel” contra el narcotráfico.
¿Qué hay de malo entonces, en este escenario gris y poco prometedor, en no pagar impuestos? ¿Qué pecado es no seguir alimentando el círculo?
La lucha contra esa mentalidad es difícil, particularmente cuando conceptos tan profundos como “cambio”, “democracia” y “progreso” han sido aniquiladas por campañas políticas amorales...
(Continúa...)
Foto: pac.or.cr
1 comentario:
no importa que muchos no paguen para empezar a poner el ejemplo.
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