Se mantiene en la mayor parte de las escuelas de política contemporáneas que la democracia, si bien tiene fallas y errores, es la mejor forma de gobierno que el ser humano conoce. Gracias a ella, quienes detentan el poder rinden cuentas a la ciudadanía, y es ésta la que decide sobre su permanencia en un puesto.
Como se sabe, las diferentes formas de democracia que hoy se practican en el mundo son mutaciones de lo que originalmente significa el término; más que la voz del pueblo per sé, la democracia representativa es un concepto que se refiere al voto, a numerosas libertades (expresión, manifestación de ideas, culto, reunión, etc.) y a la igualdad de oportunidades. Sin embargo, esta misma democracia que tanto hemos defendido académicamente, lleva consigo una enorme falla: la politización de la vida cotidiana. Por supuesto que no me refiero a la participación del ciudadano común en la toma de decisiones, ni mucho menos a las bondades que esta participación ha traído consigo a nivel local. Las experiencias de la Comunidad Europea, o de Porto Alegre en nuestro continente son evidencia de que externalizar la toma de decisiones no es solamente conveniente sino necesario para que las políticas públicas funcionen correctamente.
Mi comentario va más bien dirigido a las oportunidades que brinda la democracia para que los candidatos obtengan el apoyo popular basado, no en sus cualidades personales, sino en su nivel de popularidad. Y muchas de esas veces, éste se mide en torno a lo más íntimo del ser humano.
Dicha reflexión surge ante los acontecimientos que hemos visto ocurrir últimamente. El percatarme de que la muerte de varios jóvenes en la ciudad de México, no se vio como una catástrofe que provocaría naturalmente la obligación de la sociedad para actuar y evitar que esto siga ocurriendo; por lo contrario, el percance se transformó en una manera de medir la popularidad de Joel Ortega y de Marcelo Ebrard. Las decisiones que tomaron los partidos políticos, los senadores, los gobiernos Federal y del D.F. y hasta la CNDH fueron encaminadas a moldear la opinión pública rumbo al 2009. Ninguno de ellos pensó en las vidas perdidas.
Me refiero también a la coincidencia que se dio en Colombia, cuando después de numerosos intentos fallidos de diálogo, negociaciones en las que intervinieron quienes no debían y enfrentamientos, se logró de manera “impecable” la liberación de varios secuestrados, entre los que se encontraba Ingrid Betancourt…en una época definitoria para la carrera política de Álvaro Uribe.
De pronto tanto demócratas como republicanos se hacen llamar “hermanos” del pueblo mexicano, prometiendo reformas migratorias que nunca llegarán, y jugando con las cifras, los muertos y los sueños de tantos y tantos inmigrantes.

La democracia de hoy invita a prometer; a crear slogans pegajosos; a desayunar con obreros, comer con líderes sindicales y cenar con empresarios…y prometer a cada grupo un futuro distinto. Es una pasarela de partidos escoba en un escenario controlado por medios de comunicación y grupos de poder.
Peor aún, en países como México donde la educación y la cultura cívica son todavía proyectos, la democracia se ha convertido en obras aparatosas con materiales baratos; en plebiscitos engañosos y sesgados; en despensas y espectáculos; en playas y pistas de hielo; en apantallantes luchas contra el narcotráfico.
No se debe de leer en esta crítica una renuncia a las enormes bondades que la expresión del ciudadano tiene en la creación, gestión y desarrollo del gobierno; por lo contrario, esta reflexión es una invitación a meditar sobre las reformas que debemos hacer a la democracia para que pueda funcionar en el siglo XXI.
Fotos: debate21; la lupa ciudadana
2 comentarios:
La verdad que yo habia visto la liberacion de Ingrid Betancourt como una buena noticia, ahora veo que por ahi fui muy naive politicamente hablando ... porque es una época definitoria para la carrera política de Álvaro Uribe?
Daniel,
No podría estar más de acuerdo contigo. Para bien o para mal, no hay tendencia política que pueda escapar completamente de la tentación de utilizar todos los recursos a su alcance para autorretratarse a conveniencia. Sin embargo, también creo que es importante decir que no se trata de un fenómeno nuevo. Desde Alejandro Magno hasta la propaganda al más puro estilo soviético, la élite siempre ha encontrado una forma de asegurar su trascendencia, aunque ésta tenga que construirse sobre obeliscos (o pistas de hielo, para el caso).
Es cierto, por otro lado, que los medios de comunicación modernos han transformado esta dinámica hasta hacerla casi un fin en sí misma. Trascender por trascender, digámoslo así. Las encuestas, antaño una herramienta más dentro del espectro político, han terminado por convertirse en la forma última de empezar y terminar un debate, sin importar si la metodología que siguen es remotamente adecuada o si la pregunta es respuesta en sí. (Me pregunto si más del 50% de tus lectores estaría de acuerdo con esa afirmación).
En fin, el tema da para mucho. Creo que la forma de eliminar esta dinámica de la propaganda como fin sólo puede controlarse fuera de las esferas de poder. Desde mi perspectiva, sólo una sociedad civil crítica y vibrante puede arrebatarle a los políticos sus máscaras más preciadas. Dudo que estos últimos estén dispuestos a ofrecerlas voluntariamente.
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