Los partidos políticos ya se preparan para las campañas del próximo año. En la Cámara de Diputados ya iniciaron los reacomodos de quienes pretenden buscar una gubernatura, presidencia municipal o cualquier otro puesto una vez terminada la presente legislatura.
El Partido Revolucionario Institucional, con las continuas victorias que ha tenido en los comicios estatales, parece no tener preocupación alguna respecto a los resultados que seguramente le darán una importante ventaja. Por su parte, Convergencia ha declarado que asistirá solo y no en una alianza con el PRD como lo ha hecho anteriormente. Esto ha obligado al partido del sol azteca a moderar aún más su discurso (Marcelo Ebrard asistió al homenaje de Campo Marte; Acosta Naranjo aplaudió la entrada de Gómez Mont a SEGOB, y los diputados incluso planearon reunirse con él en estas semanas).
Por su parte, Felipe Calderón también había diseñado una estrategia para equiparar la fuerza de la oposición priísta. Con Mouriño dirigiendo a la bancada panista a partir del 2009, el Presidente hubiese tenido un importante control en el Legislativo y dentro de su partido (con Germán Martínez), lo que quizás hubiese podido consolidar los proyectos más ambiciosos de la segunda mitad del sexenio.
Con las circunstancias transformadas por los desafortunados sucesos de hace unas semanas, sin embargo, el enroque perfecto de Calderón se desplomó.
La preocupación no era tanto el reemplazo en la Secretaría de Gobernación, pues aparentemente esto hubiese sucedido de cualquier manera a partir de enero (los candidatos se registran en los primeros días de febrero), sino el espacio que quedará vacío para el número 1 de la lista plurinominal de Acción Nacional.
En los últimos días, una importante escisión se ha dejado notar dentro del partido del Presidente; a pesar de haber elegido a alguien “dentro de las filas” para presidir Bucareli, varios hilos quedan sueltos y no sorprendería que Calderón realice más favores al PAN en las próximas semanas con el fin de cerrar filas. Atrás quedaron los días de las facultades metaconstitucionales del Presidente, con cheques en blanco firmados por su partido.
¿Qué tanto es esto conveniente para darle coherencia al proyecto que el Ejecutivo pretende impulsar? Particularmente con temas tan delicados como la seguridad nacional y la crisis económica en la punta de la agenda, ¿debemos de considerar el comportamiento de ciertos miembros de Acción Nacional como muestras de autonomía y democracia, o como falta de lealtad y profesionalismo político?
El próximo año, será indispensable que exista un mínimo común acordado entre los diferentes actores políticos si se pretende hacerle frente a los problemas que enfrentaremos, no como militantes de una ideología sino como mexicanos.
Ministro del interior
Desde que Santiago Creel salió de la secretaría de Gobernación en el 2005 para contender por la candidatura de su partido rumbo a las elecciones presidenciales del 2006, propuso la creación de una figura intermedia entre el Presidente y el gabinete que hiciera las veces de un “Jefe de Gabinete”. Igual que ocurre en países como Francia (con un sistema semiparlamentario), esta figura desplazaría al Presidente en la jefatura de Gobierno, dejándole solamente las funciones de un Jefe de Estado.
La semana pasada, Creel volvió a proponer la creación de una figura en el Gabinete; esta vez, junto con varios miembros de su partido, ideo reformas a la Secretaría de Gobernación para convertirlo en un “Ministerio del Interior” que concentre ciertas funciones y poderes (entre ellos la seguridad interior).
Las propuestas que diversos políticos han realizado respecto a la transformación del sistema político mexicano deben de ser consideradas con mayor seriedad; tanto Porfirio Muñoz Ledo como Creel han impulsado la evolución de nuestro actual presidencialismo hacia un parlamentarismo, o un híbrido. El peligro está en realizar este tipo de cambios de forma paulatina y sin considerar una transformación global a las instituciones, lo que provoca circunstancias similares a las que vivimos hoy, y que Sartori denunciaba hace tiempo respecto a los gobiernos latinoamericanos: una perenne e inestable oscilación entre el abuso del poder y la falta del mismo.
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