No hace tanto que se hablaba en México de lo terrible que había sido que, bajo la dictadura priísta, existiera un régimen “presidencialista” y no “presidencial” en nuestro país.Era un sistema en el que el “todopoderoso” era capaz de asignar candidaturas y gobernadores; presupuestos y condenas. Eso que Serrano bien llamaba “las facultades metaconstitucionales del poder ejecutivo”.
Con el aval de tan viciada institución, en México se excusaron acciones y decisiones atroces, desde devaluaciones y crisis económicas hasta una matanza en 1968 (e innumerables represiones que no tuvieron la misma suerte de ser divulgadas).
Fue por ello que se convirtió en un símbolo la llegada de Vicente Fox a Los Pinos al principio de esta década. Aunque el mismo Zedillo ya había perdido la fuerza titánica de sus antecesores, no fue sino hasta que entró el PAN a la casa de Alencastre que se fracturó la institución presidencial en México.
Digámoslo de otro modo para dar el énfasis que quiero lograr: con el fin de la mayoría del Revolucionario Institucional en el Congreso (1997), el Leviatán que era el señor Presidente en México murió. Pero con el sexenio de Vicente Fox, la institución Presidencial quedó destrozada.
Tal fue mi reflexión ayer cuando veía que George W. Bush salía a la explanada del Capitolio, aún como Presidente, para entregar el poder a Barack Hussein Obama.
Y es que durante la ceremonia de inauguración del primer Presidente negro, fuimos testigos de mucha cosas de las que ya se ha hablado demasiado (el fin de la era Bush, la extinción del racismo (diría yo parcial y subjetiva), el cambio de orden económico y del liberalismo desenfrenado del mercado, el viraje de la política energética, social, de salud y científica, la renovación de las relaciones exteriores norteamericanas, la puesta en duda de su hegemonía…)
Sin embargo, muy poco se ha dicho respecto a la muestra de institucionalismo que se dio el 20 de enero en Washington.
Entre canciones, oraciones, plegarias, hubo tres instituciones que demostraron estar más sólidas que nunca en Estados Unidos: Dios, la democracia y el presidencialismo (como cuarta, pero no tan característica ni resaltable diría yo el patriotismo).
El “país de la libertad”, del “multiculturalismo”, de las 10,000 corrientes de pensamiento y de –no pensamiento- comenzó el protocolo invocando a Dios. De pronto, y como lo diría Biden más adelante, se rezaba al aire libre y de forma simultánea, como se hubiera hecho en una sinagoga, en una mezquita y en una catedral. Uno de lado del otro. Dios para los norteamericanos es mucho más que una inscripción en su papel moneda y ayer se pudo ver de manera contundente el papel que juega en la política nacional.
En segundo lugar, se habló de la democracia. No estoy seguro de qué debe resaltarse más, si el capital que han adquirido en cultura política (término de Putnam) o si la calidad en la institucionalidad del liderazgo y los partidos. De cualquier manera, los diferentes discursos que se dieron ayer (tanto republicanos como demócratas) festejaron el día como “el aniversario de la democracia”. Bien se dijo en la presentación que se trataba del 44º Presidente que de manera pacífica, ha sido electo para representar a los estadounidenses.
Finalmente, y a manera de volver al punto sobre el cual se centra esta columna, me refiero a la institución más importante a la que se rindió homenaje ayer: a la figura del Presidente. Estados Unidos es la democracia con el Presidente más facultado y con mayores poderes legales (y supralegales) en el mundo. Y justamente debido a la cultura política a la que me refería con anterioridad, la fuerza y el poder que recaen sobre esa figura no conforman una aberración institucional como lo fue el “señor Presidente” en México, sino que le permiten ejercer realmente sus funciones como Jefe de Estado (y en segundo lugar, como Jefe de Gobierno).
Barack Obama depende absolutamente de un sistema de elección directa en el que los representantes en las Cámaras requieren de un permanente cabildeo y de constantes esfuerzos para aceptar reformas. Gobierna uno de los países más federales y descentralizados del mundo; se enfrenta a la crisis más importante de la historia reciente sin tener una gran carrera económica o financiera. Nada de eso pareció importar ayer. El 20 de enero del 2009, lo que menos importaba era eso. Se trató, en todo momento de Dios, democracia…y del señor Presidente.
Fuente foto: swapspolitics.com
Con el aval de tan viciada institución, en México se excusaron acciones y decisiones atroces, desde devaluaciones y crisis económicas hasta una matanza en 1968 (e innumerables represiones que no tuvieron la misma suerte de ser divulgadas).
Fue por ello que se convirtió en un símbolo la llegada de Vicente Fox a Los Pinos al principio de esta década. Aunque el mismo Zedillo ya había perdido la fuerza titánica de sus antecesores, no fue sino hasta que entró el PAN a la casa de Alencastre que se fracturó la institución presidencial en México.
Digámoslo de otro modo para dar el énfasis que quiero lograr: con el fin de la mayoría del Revolucionario Institucional en el Congreso (1997), el Leviatán que era el señor Presidente en México murió. Pero con el sexenio de Vicente Fox, la institución Presidencial quedó destrozada.
Tal fue mi reflexión ayer cuando veía que George W. Bush salía a la explanada del Capitolio, aún como Presidente, para entregar el poder a Barack Hussein Obama.
Y es que durante la ceremonia de inauguración del primer Presidente negro, fuimos testigos de mucha cosas de las que ya se ha hablado demasiado (el fin de la era Bush, la extinción del racismo (diría yo parcial y subjetiva), el cambio de orden económico y del liberalismo desenfrenado del mercado, el viraje de la política energética, social, de salud y científica, la renovación de las relaciones exteriores norteamericanas, la puesta en duda de su hegemonía…)
Sin embargo, muy poco se ha dicho respecto a la muestra de institucionalismo que se dio el 20 de enero en Washington.
Entre canciones, oraciones, plegarias, hubo tres instituciones que demostraron estar más sólidas que nunca en Estados Unidos: Dios, la democracia y el presidencialismo (como cuarta, pero no tan característica ni resaltable diría yo el patriotismo).
El “país de la libertad”, del “multiculturalismo”, de las 10,000 corrientes de pensamiento y de –no pensamiento- comenzó el protocolo invocando a Dios. De pronto, y como lo diría Biden más adelante, se rezaba al aire libre y de forma simultánea, como se hubiera hecho en una sinagoga, en una mezquita y en una catedral. Uno de lado del otro. Dios para los norteamericanos es mucho más que una inscripción en su papel moneda y ayer se pudo ver de manera contundente el papel que juega en la política nacional.
En segundo lugar, se habló de la democracia. No estoy seguro de qué debe resaltarse más, si el capital que han adquirido en cultura política (término de Putnam) o si la calidad en la institucionalidad del liderazgo y los partidos. De cualquier manera, los diferentes discursos que se dieron ayer (tanto republicanos como demócratas) festejaron el día como “el aniversario de la democracia”. Bien se dijo en la presentación que se trataba del 44º Presidente que de manera pacífica, ha sido electo para representar a los estadounidenses.
Finalmente, y a manera de volver al punto sobre el cual se centra esta columna, me refiero a la institución más importante a la que se rindió homenaje ayer: a la figura del Presidente. Estados Unidos es la democracia con el Presidente más facultado y con mayores poderes legales (y supralegales) en el mundo. Y justamente debido a la cultura política a la que me refería con anterioridad, la fuerza y el poder que recaen sobre esa figura no conforman una aberración institucional como lo fue el “señor Presidente” en México, sino que le permiten ejercer realmente sus funciones como Jefe de Estado (y en segundo lugar, como Jefe de Gobierno).
Barack Obama depende absolutamente de un sistema de elección directa en el que los representantes en las Cámaras requieren de un permanente cabildeo y de constantes esfuerzos para aceptar reformas. Gobierna uno de los países más federales y descentralizados del mundo; se enfrenta a la crisis más importante de la historia reciente sin tener una gran carrera económica o financiera. Nada de eso pareció importar ayer. El 20 de enero del 2009, lo que menos importaba era eso. Se trató, en todo momento de Dios, democracia…y del señor Presidente.
Fuente foto: swapspolitics.com
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