Hace unos meses, el Partido Verde Ecologista de México lanzó una campaña que advertía: “Porque valoramos tu vida, pena de muerte a asesinos y secuestradores”. En ese mismo sentido, se han posicionado congresos locales, diputados, senadores y el tan mencionado Gobernador de Coahuila, Humberto Moreira, quienes han recibido enormes críticas por “lucrar políticamente con el miedo de la sociedad”.
Más allá de mi opinión personal a favor o en contra de la pena de muerte, y de la viabilidad de su instrumentación, me parece cínica la postura que los medios y ciertos políticos han tomado al respecto, al decir que promover “lo que la sociedad quiere” es una forma de obtener votos.
¿Qué es la democracia representativa si no la forma de gobierno en la que los tomadores de decisiones deben de acatar la voluntad de quienes votaron por ellos?
Es un tema delicado, pues en el otro extremo está el populismo, que crea un ser místico llamado “pueblo”, al que atribuye la responsabilidad y culpa de todo, y sobre el que sostiene los caprichos a su antojo. El control de precios para favorecer “al pueblo”; la disolución del Congreso, porque así lo pidió “el pueblo”; la reelección indefinida porque es lo que “el pueblo” quiso.
¿En qué punto se encuentra entonces la división entre la representación popular y la demagogia? Y por otro lado, ¿dónde podemos decir que se sitúa la situación de nuestro país “de hecho” y no en teoría?
Fue Robert Dahl quien se hizo esta pregunta originalmente. El politólogo estadounidense señalaba en la década de los setentas que no existe tal cosa como “el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”. Lo más cercano a la democracia, por lo contrario, es una “Poliarquía en la que diferentes grupos comparten el poder y las decisiones, con una serie de garantías (libertad de prensa, igualdad de oportunidades, equidad en el voto, etc.)
En la perspectiva de Dahl, la aprobación o no de la pena de muerte en el Congreso no sería necesariamente una decisión avalada por las mayorías, sino la victoria de una coalición lo suficientemente fuerte como para ver aprobadas sus demandas.
El verdadero poder, entonces, no se adquiere sino a través de la organización, de tal manera que sea posible representar una amenaza latente al staus quo. Y al mismo tiempo, son precisamente los grupos de presión lo suficientemente institucionalizados, quienes pueden generar incentivos para virar la agenda pública hacia sus intereses.
Mi pregunta entonces es: en México, ¿cuáles son esos grupos organizados, con sistemas de lealtad fuertes? Los grandes sindicatos, por ejemplo, jugaron un papel muy importante en las reformas energética y del ISSSTE. Los medios de comunicación fueron esenciales en las reformas y contrarreformas a la “Ley Televisa” y a las leyes electorales.
En el caso de la seguridad, de la reconfiguración de sanciones (de la pena de muerte específicamente) y de la constitución de una Policía Única como la que propuso Felipe Calderón, hubo un inmediato rechazo por parte del Congreso.
¿Será en realidad una visión humanista y moralmente correcta parte de nuestros legisladores? O, por decir una locura, quizás tendrá que ver ahí grupos organizados, con mucho dinero y armas para ofrecer incentivos positivos y negativos para que esas leyes no pasen…creo que les dicen “cárteles”.
Fotografía: imageshark.us
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