Estudiosos de la talla de Maurice Duverger y Giovanni Sartori apuntaban ya a mediados del siglo pasado que con la masificación de los medios, la definición de la democracia estaba en juego. No es solamente la forma en que se pueden expresar las partes, sino la fuerza que pueden llegar a tener ciertas opiniones sobre el público, desvirtuando así la igualdad de información.Por otra parte, los canales de expresión del individuo se han transformado también en los últimos años. Con la “democratización” de los medios a raíz del surgimiento del Internet, y con el crecimiento del número de movimientos sociales y organizaciones civiles, los partidos políticos han dejado de tener el monopolio para canalizar la voz de la ciudadanía.
Asimismo, la “despolitización” que ocurrió particularmente a partir de la caída del muro de Berlín y el fin de las ideologías, fue el principio de una nueva ola de apatía y de no-cultura política en la sociedad.
Quienes nacimos en un mundo prácticamente occidentalizado, no conocimos las células políticas ni entendimos a las huelgas, a los sindicatos y a los partidos políticos como verdaderos canales para expresar una identidad y una ideología.
Es por ello que se desarrolló lo que en el argot politológico se denomina “el partido escoba”: un ente que si bien ya no es omnipresente en la vida del individuo (como lo eran los partidos totalitarios), si intenta crear mecanismos y propuestas que cubran todos los deseos y placeres posibles del votante.
El partido escoba ya no es ni de derecha ni de izquierda; no habla de “cómos” sino de “qués” y no tiene una clientela específica: como lo dice su nombre, barre a la sociedad por completo con el objetivo de ganar el mayor número de votos posibles.
Se esconde detrás de la ambigüedad, y se convierte en la institución populista por excelencia. Se aprovecha de la ignorancia y de la amnesia colectiva para hacer propuestas trilladas y no definirse en sentido alguno. “Combatamos la pobreza; creemos más empleo; digamos no a la corrupción” –todas ellas son típicas propuestas de un partido escoba.
Este fenómeno que recorre al mundo entero, y del que no se escapa hoy por hoy ninguna democracia, se puede ver en los casos más recientes, desde la elección de Estados Unidos hasta las campañas de Cristina Fernández en Argentina.
Pero particularmente podemos darnos cuenta de su minuciosa inserción en la clase política mexicana cuando comparamos lo que sucede hoy en día en nuestro país con lo que hay en otros sistemas políticos…y me refiero en particular al caso europeo.
A pesar de que las líneas divisorias se han difuminado, existen en el viejo continente todavía ideas principales de derecha e izquierda; los debates y los intereses están bien definidos. A pesar de representar a una minoría, la derecha extrema y la izquierda comunista tienen voz y voto.
Pero incluso el centro no sufre tanto del fenómeno que Black definía en su teoría del votante medio. En Francia por ejemplo, el UMP sigue fielmente su plataforma; el Partido Socialista recluta a estudiantes en las universidades apelando fielmente al sindicalismo y al aumento del salario mínimo.
“Reducir los sueldos de los políticos para destinar más recursos a programas sociales” no es una propuesta populista de izquierda como lo es en México (cito la frase de López Obrador en el spot de Convergencia) sino un programa de austeridad administrativa empleado por el gobierno de derecha que avanza firmemente en torno a las ideas de Reagan de “un estado pequeño”.
Démonos cuenta entonces con cada spot, ya sea del PRI, PAN, PRD o de cualquier otro partido que compite en estas elecciones intermedias, de cómo al menos en México, los partidos han dejado de ser formas de representación popular.
Lo que me causa impresión, después de todo, es que a pesar de ello seguimos envueltos en los debates que ellos establecen en la mesa y que nos hacen sentir que tenemos algo que decir en la toma de decisiones y en la agenda nacional.
Foto: concostarica.com
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