25.4.08

Secuestro y voz

Desafortunada situación en el debate nacional.

Finalmente, después de 15 días de haber ocupado el salón de Plenos en la Cámara de Diputados, y la tribuna del Senado, los miembros del Frente Amplio Progresista desalojaron ambas instalaciones, permitiendo así que se sesione por última vez antes de que el miércoles 30 concluya oficialmente el periodo ordinario.

Con esta acción, los congresistas evitaron la discusión y probable aprobación de la reforma energética enviada por el Presidente Calderón el pasado 8 de abril, en un momento de crispación e inestabilidad dentro del Partido de la Revolución Democrática.

Esta serie de eventos ha sido ampliamente cubierta por los medios de comunicación. Particularmente algunos como el diario REFORMA y el noticiero ENFOQUE, utilizaron numerosos adjetivos para llamar la atención sobre el acto, y desviar la opinión pública. A la toma de tribuna, se le llamó de distintas maneras, entre las que resalta “secuestro de la democracia” y “golpe de Estado”.

Tales desviaciones de la realidad, nos deberían de hacer pensar sobre la falta de seriedad con la que los mexicanos analizamos y aceptamos las opiniones de los medios.
Con esto, de ninguna manera estoy apoyando las acciones llevadas a cabo por el FAP. Creo que los límites de la desobediencia civil y la ruptura institucional, se encuentran en el punto donde la oposición es capaz de presentar argumentos serios, cuerdos y dirigidos a un objetivo dado (algo que no vimos por parte de la izquierda en estas semanas). Sin embargo, me pregunto si esto justifica la manera tan poco ética con que se han manejado los sucesos por gran parte de la televisión, la radio y los periódicos.

Lo sucedido en estos días, es más trascendente aún que la reforma que debería ser central, y de la que ya nadie habla.
Por un lado, el PRD ha mostrado una vez más su falta de institucionalidad, su constante dependencia del carisma de un líder y su continua fractura interna. La lealtad de sus miembros hacia individuos, y no hacia una causa común de acción, es una vez más la razón del desgarre de su cohesión interna. No estoy seguro de si su radicalización del discurso es una estrategia para mantener el voto duro para el 2009, o si es una cuestión más banal, que se refiere a los caprichos de un ex candidato.

Por otra parte, el debate de la reforma energética ha desnudado la incuestionable tendencia de los medios de comunicación a proteger los intereses del partido en el poder. Lo que parecía haberse extinguido con la muerte del sistema hegemónico priísta, ha resucitado con lealtades perversas y absolutamente desequilibradas. Lo triste es que, por enésima vez, se ha conducido a la audiencia hacia una discusión sin fondo, dejando atrás los intereses nacionales. ¿Quién –me pregunto- habla ya de aguas profundas?
Fotografía: El Porvenir

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