18.6.08

1 de septiembre

Prospera la iniciativa para modificar el formato del Informe.
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Primero de septiembre; el día del Presidente. Así fue conocido por muchos años el día en que, con un convertible, el Primer Mandatario se paseaba por la ciudad de México, recibiendo besos en las manos y saludos de la gente, en su viaje rumbo al Congreso de la Unión. Entre porras y confeti, pintura fresca en las banquetas y árboles recién podados, el Presidente hacía gala de su ignorancia de la situación del país. Luego, llegaba al estrado y hablaba durante horas de lo que para él era en realidad México. El Informe de Gobierno, más que para dar a conocer a los mexicanos las acciones de la Administración Pública y las cifras económicas reales, era un tedioso monólogo rodeado de aplausos y ovaciones.

Con la decadencia del PRI y el surgimiento de oposiciones reales, comenzaron también las primeras críticas y abucheos. Primero con mantas (la primera pedrada vino del multipartidista Muñoz Ledo); luego con máscaras e insultos. Pronto, lo que eran cinco horas de un discurso maquillado, interrumpido cada quince minutos por aplausos, se convirtió en un intento de discurso, continuamente interrumpido por la burla de quienes creían exaltar al Parlamentarismo con sus actuaciones ignorantes y sensacionalistas.

El caos se concretó en el 2006, cuando Vicente Fox (“el traidor a la democracia”), se vio obligado a entregar el informe escrito en el vestíbulo de San Lázaro a un representante de la Cámara, para después dar un mensaje televisado en el que se habló de todo menos del estado del país. Un año más tarde, el equipo presidencial logró negociar para que Ruth Zavaleta y su bancada (que entonces la apoyaba), salieran del pleno en el momento en que Felipe Calderón entregaba el informe escrito al vicepresidente de la Cámara y abandonaba el recinto. Al día siguiente, el Palacio Nacional fue muestra nuevamente de lo que parecía haberse olvidado: el informe presidencial seguiría siendo el “día del Presidente”. Rodeado de amigos, empleados y acarreados, Felipe Calderón dibujó un México maravilloso al país.

Las dos ocasiones consecutivas en que el Presidente no pudo seguir el protocolo tradicional del Informe en San Lázaro, así como la amenaza del Frente Amplio de impedir cualquier otro informe durante el sexenio, fueron suficientes para dispensar el hecho de que se creara una iniciativa de ley para cambiar el formato del Informe. Ahora, se excusaría el mensaje Presidencial (que por cierto, siempre ha sido opcional), y bastaría con enviar un documento al legislativo para su discusión y revisión.

Primeramente, me pregunto si los capaces y deseosos legisladores se darán a la tarea de en verdad analizar y discutir el Informe Presidencial que recibirán. Quien alguna vez haya tenido en sus manos un Informe (los cinco o seis tomos de un Informe), estará consciente de las bajas probabilidades que hay de que un legislador que no es capaz de leer una iniciativa, pase siquiera la vista por el índice del mismo (no se diga, entienda las gráficas y cifras, o si quiera lea el resumen que algún asesor tardará semanas en completar).

En segundo lugar, la nueva legislación prevé que el Presidente envíe un informe escrito, pero no impide que como el año pasado, el Primer Mandatario realice un evento festivo en el que hable de sus éxitos y sus “retos” (eufemismo de fracasos). De modo que el “Día del Presidente” seguirá siendo el “Día del Presidente”, pero sin 628 personas frente a él. Los aplausos se escucharán más y los abucheos menos; las cifras positivas serán impresas en los diarios y las negativas se seguirán escondiendo debajo del tapete. Y sobre todo, el diálogo entre el Ejecutivo y el Legislativo será cada vez más distante.

Finalmente, la preocupación más grande que surge ante esta legislación es la absoluta ineptitud de quienes gobiernan este país para entender la razón de ser de las leyes que modifican a diario. Egocéntricos como lo son, y ensimismados como no pueden evitar serlo, los legisladores que promueven esta iniciativa no han entendido la verdadera razón de un Informe de Gobierno. El 1º de septiembre no debe ser, estoy de acuerdo, el Día del Presidente; no es un homenaje a la persona ni a la figura; no es la exaltación del Jefe de Estado; no es de ninguna manera una fiesta nacional. Y debemos asegurarnos de que jamás lo sea.

Pero los legisladores no entienden que el 1º de septiembre nunca se pretendió como el momento en el que el Ejecutivo rendía cuentas al Legislativo. No se trataba de utilizar el día para poner al Jefe de Gobierno frente al paredón y criticarlo para ganar votos en la siguiente elección; no era un día para aprovechar la atención de la prensa y redactar encabezados. El 1º de septiembre no se trataba de las 628 personas que hoy se sientan en curules que mañana serán calentados por otros 628 desconocidos.

El Informe de Gobierno era una Institución, que debía hacer funcionar a la democracia. Era una herramienta más que los ciudadanos debíamos tener para conocer la situación del país y poder juzgar la actuación de quienes hoy lo dirigen. El informe de Gobierno debía ser el momento de Acceso a la Información; debía ser el día de saber qué había sucedido en el año; cómo había reaccionado el gobierno ante ello; cómo se había utilizado el presupuesto y qué rubros se habían priorizado; qué metas se habían logrado y cuáles se habían construido; y sobre todo, qué proyecto había de país en el largo plazo.

Tristemente nunca funcionó así; porque cuando existió, fue el día del “rey”; el momento de ovacionar al todopoderoso. Y porque cuando se inauguró en México la democracia, y el Informe parecía tener sentido, nuestros representantes fueron lo suficientemente ineptos, como para actuar en contra de ella en lugar de reformarla para que funcionara adecuadamente. No se trataba de destruir a la máquina sino de ajustar los engranes…y ellos no lo entendieron.

Con la aprobación de esa iniciativa, los ciudadanos perdemos una batalla más y la oligarquía gobernante en este país sigue avanzando, como lo hizo cuando sobrepasó sus límites legales y distorsionó al IFE. Quienes entienden la democracia como un valor absoluto, deben estar seguros de que aún estamos muy lejos de que ocurra.
Foto: punto por punto

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