9.6.08

Consulta Popular

¿Voluntad del pueblo por el bien del pueblo?

Hace unos días, mientras navegaba la inundada Ciudad de México, escuché una parte del programa “Frente al País”, que Ana Paula Ordorica y Pablo Hiriart conducen en Imagen. En ese momento, comentaban la Consulta Popular que el Jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, propuso para “conocer la opinión de la gente respecto a la Reforma presentada por el Presidente Calderón”. En una parte de la discusión, entrevistaron al dirigente del Partido de la Revolución Democrática en el Distrito Federal, Ricardo Ruiz.

Fue entonces que me vino a la mente el concepto de “objetividad mediática”. Tanto Hiriart como Ordorica parecieron desconocerlo por completo; en lugar de mostrar profesionalismo cuestionando al entrevistado sobre los hechos y las formas, dedicaron los diez minutos que duró la conversación a criticar al PRD, compararlo con el partido Nazi de Hitler y mofarse de quien era, en ese momento, su invitado.

De ninguna manera quiero dar por entendido aquí que estoy de acuerdo con la Consulta Popular, que bien entendido está, es tan sólo una viciada herramienta del PRD para deslegitimar a la reforma energética e intentar recuperar puntos para el 2009. Sin embargo, me parece que la crítica debe de darse desde una posición fundamentada en argumentos sólidos y concisos. De lo contrario, un analista puede perder, en la pasión del momento, la seriedad de su opinión y la legitimidad de su voz como expresión de un grupo. En un país como México, esto no puede ser permitido, cuando la mayor parte de la población se guía por “líderes de opinión”.

La voz popular y la democracia

Ahora que se ha hablado de la posible Consulta Popular, numerosos argumentos han sido mencionados a favor y en contra de ella. Por parte del PRD, se dice que “si el petróleo es de los mexicanos, son los mexicanos quienes deben decidir.” Del otro lado, quienes se pronuncian en contra, sostienen que “temas técnicos como éste no deben ser sometidos a consideración popular; poca gente en México entiende la reforma energética y está calificada para emitir un voto”.

Fuera del hecho de que esta consulta se lleve a cabo o no, y las condiciones y lugares en los que ocurra, la pregunta de fondo que hoy se hace es: ¿qué tan favorable es la democracia directa? ¿La voluntad del pueblo debe de ser la última voz en todo momento? Y sobre todo, ¿qué tanto la voluntad del pueblo es en verdad la voluntad del pueblo?

Los orígenes de la democracia en Grecia ocurrían así: “el pueblo” (o al menos los varones nacidos en la ciudad Estado y libres) discutiendo los problemas del diario y decidiendo a mano alzada. Pero hoy, en el siglo XXI, ¿qué tan posible es que la democracia directa siga ocurriendo, en medio del corporativismo y la influencia mediática? Hay quienes en la academia han intentado en las últimas décadas justificar lo que líderes populistas hacen, al llamar al pueblo a decidir como “nueva forma de democracia”. El populista como representante de una masa amorfa que no existe y que no piensa individualmente. Y más aún, con ello, intentan sustituir al decadente sistema de partidos que hoy no son representantes sino grupos de interés. La “democracia unipartidista” en Cuba, el Chavismo, y ¿por qué no? –sin intentar de ninguna manera decirlos equivalentes- la Convención Nacional Democrática que decide a mano alzada en el Zócalo de la Ciudad de México.

Es cierto que la democracia representativa vive hoy una importante crisis; hemos de reconocer que los partidos, en México y el mundo, han mostrado por sí mismos un declive institucional. Sin embargo, hemos de ser cautelosos con quienes pretenden mostrar la solución mágica a este tipo de problemas, escondiendo detrás, amañadas aspiraciones personales.

Foto: politicaesocieta.blogosfere.it

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