
Desde hace varias décadas existe un debate en las escuelas de ciencia social sobre la razón de ser del desarrollo económico de un país, y su relación con factores sociales y políticos.
En numerosas ocasiones se ha intentado comprobar que el desarrollo económico, o al menos la estabilidad de un Estado, tienen que ver directamente con el índice de democracia del mismo. Lipset decía que el paso de una sociedad tradicional a una moderna, estaba directamente relacionado con la economía del país.
Otros autores, han hablado de la cultura como promotor de la economía. Ronald Inglehart, por ejemplo, a través de su Encuesta Mundial de Valores, elaboró un mapa en donde a partir de dos ejes de valores, ubica a los Estados en diferentes niveles de desarrollo.
Las diferentes hipótesis manejadas no han sido concluyentes ni determinantes hasta la fecha. Sin embargo, existen ciertas teorías que parecen comprobarse en nuestra vida cotidiana.
Una de ellas es la que señala al capital social como causante del desarrollo económico, pero también como impulsor de la economía de un país. El trabajo de Almond y Verba es quizás la obra más reconocida en este ámbito, señalando a la cultura cívica como la más propicia para desarrollar un sistema democrático.
Robert Putnam, define el capital social como “las características de la organización social, como la confianza, las instituciones, normas y redes que pueden mejorar la eficiencia de la sociedad a través de facilitar acciones coordinadas”.
En palabras más sencillas, el capital social es la creación dentro de la ciudadanía de una autoconciencia en el individuo respecto al lugar que ocupa en el ámbito social, mismo que le confiere cierta responsabilidad no solamente de sus acciones, sino con respecto al desarrollo del grupo.
La diferencia esencial entre un país con un alto capital social y uno que no lo tiene, es la forma en que los habitantes de cada uno perciben las obligaciones políticas y sociales. Mientras que en el primero se entienden las consecuencias a largo plazo de las acciones, y por ello el objetivo individual y social coinciden, en el segundo la realización u omisión de acciones tiene que ver con consecuencias inmediatas y castigos latentes.
Desafortunadamente en nuestro país, ni sociedad ni gobierno se han esforzado por alimentar a tan importante herramienta. Si bien es cierto que a partir de los años 80 una diversidad de Organizaciones No Gubernamentales han surgido con el objetivo de crear conciencia en la ciudadanía, los resultados obtenidos por éstas han sido limitados o efímeros.
Los efectos inmediatos de ello se pueden ver en cada rincón de nuestro país. En ocasiones las repercusiones que tienen son casi nulas, pero muchas veces, son devastadoras. Por mencionar algunos, la falta de un Estado de Derecho, la gran elusión (y no evasión) de impuestos y las derrotas de los programas sociales para abatir la pobreza podrían ser evitados (al menos en un porcentaje relevante) con el crecimiento del capital social.
Por lo contrario, México se ha plagado de vicios; la impunidad y la corrupción son los más latentes, pero incluso la caridad que pretende curar la moral, es un efecto nocivo de la ausencia de capital social.
Una de sus peores consecuencias es el paternalismo; el ciudadano común que espera una acción del gobierno y pierde la iniciativa para actuar y resolver problemas sociales. Con ello, nuestra sociedad se asemeja cada vez más a un obeso y torpe animal que por muchos años vio a su amo llenar un plato de comida, pero nunca se dio cuenta de que un día no sería capaz siquiera de levantarse e ir por ella.
Fotografía: scottpargettphotography
1 comentario:
Me pregunto como hacer para despertar la conciencia de cada uno de nosotros como Mexicanos comprometidos ... Dificil ante tanta impunidad y diferencias sociales, pero nada puede ser justificacion para no ser el primero.
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